La soledad

Una noche, Enrique se dirigió a la cocina muy hambriento. La despensa estaba sola, el canasto de frutas vacío y la nevera con algo de yogurt. Tomó un trozo de ponqué, el yogurt de fresa y una cuchara pequeña para su merienda.

Destapó el aluminio, mordió el ponqué y miró el reloj. Eran la 9:30 y las estrellas se reflejaban en el vidrio del lugar. Agarró un segundo pedazo del pastel y se lo acercó a la boca, pero tan pronto como las moronas la tocaron, el bizcocho se precipitó al embaldosado suelo, seguido por el empaque del yogurt y el contenido rosado de este.

Algo consternado, Enrique intentó tomar servilletas  para secar el reguero pero… ¿Qué ocurría?, ¿Algo andaba mal?, ni idea, pues las servilletas simplemente no se movían.

Aterrado, Enrique intentó por todos los medios tomarlas, levantarlas, tenerlas… pero nada.

 Y mientras las servilletas, inertes se burlaban del hombre, el tiempo pasaba. Aunque el minutero así no lo marcaba.

Pasaron los días, los meses y los años muy deprisa. Como en un sueño… o una pesadilla. El mundo se había callado. Las aves levitaban sin moverse en el cielo, las ramas detuvieron sus bailes y las caras llenas de vida eran tan quietas que casi parecían muertas. El mundo se detuvo y ahora los únicos que se movían eran el sol y la luna que miraban con tristeza al viejo que no hacía más que mirar el reloj, implorando que fuesen las 9:31. Que fuese un día normal.

La agonía de la soledad es, en el mejor de los casos, la voz espiritual del alma y se le debe apreciar como aquel consejero de la mente. Sin embargo, para las personas impacientes es la tortura más triste. El sentimiento de impotencia, de sumisión, de confusión. De soledad. Por eso, cumplidos varios años en el limbo, Enrique tomó la decisión de suicidarse. La pregunta es sencilla, ¿cómo?, lo cual nos conduce a una respuesta sencilla: Tomó la decisión de no existir. De no oír, de no ver, de no sentir. De no ser.

Por eso, cuando en un mudo con ruido, con movimiento y con vida la mujer desesperada se acercó al cuerpo del difunto con los ojos bañados en llanto, el hombre, tumbado contra el duro suelo de la cocina, no sintió las lágrimas caer en su rostro y el charco rojizo que rodeaba su cabeza se volvió su único mundo.

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