La última noche de abril, o un viejo sin ideas

Un edificio se yergue lunar y pesado como un elefante en una esquina de la ciudad. Los marcos de sus ventanas están vacíos y en sus bordes descansan explayados cientos de trapos rojos, con sus telas explayadas hacia adelante, como cadáveres de tela.

Dentro de la habitación más alta no hay más que una mesa y una lámpara con un bombillo roto y un par de baterías en el suelo. En un butaco en un rincón del cuarto hay un viejo con una soga entre sus manos, está desecha en algunos tramos y sus manos y sus nudillos están arrugadas como la cuerda. La repasa con cinta y con pobres hilos muy delgados, y la intenta reforzar con lo que pueda. Lleva ya varias décadas ahí, solo en su cuarto, con sus manos y sus letras y su bombillo roto, y aunque lo ha intentado no ha podido morirse.

Lo dejaron sus ideas, sus flores, sus sueños. Se le escaparon por la oreja una noche en que dormía plácido, y se escurrieron por los pasillos del edificio hasta abajo, y desde entonces él ha estado acá, en su prisión, pagando una pena de artista que ya no quiere merecer. Y repara su cuerda, que tantas veces se le ha roto.

Sus suspiros suenan como los de los perros viejos y llenos de ronchas que descansan sobre los andenes en tierra caliente, y sus ojos de pájaro encerrado se han ennegrecido más de la cuenta. Le duelen las manos de tanto escribir y le pesa la testa como a los alces moribundos. Y está tan solo como la última concha de mar en alguna grieta submarina. Y la vida y la ilusión y la luz se le han ido ya, con ese bombillo suyo que no sirve, y con los cordones de los zapatos que se le rompen cuando se agacha sin cuidado.

Se pone de pie el viejo, y camina con su butaca y su cuerda hasta una parte del cuarto de en donde sobresale una baranda del techo, le amarra la soga y se echa el otro extremo al cuello, lo ajusta en un segundo y luego empuja el banquito hacia un lado. Permanece unos minutos colgado, sin patalear, sin chillar, sin esforzarse. Se convierte por un instante en el ahorcado más triste que ha visto el mundo.

Entonces se rompe la cuerda de un tajo, como atropellada por una espada, y él se cae con un golpe seco, como caído sobre una alfombra, y mira con la tristeza más longeva, más prolongada, más prorrogada, a esa cuerda de mierda que no le deja morir, y piensa que hasta la muerte lo ha abandonado, y le parece que eso es muy poético, y se levanta despacio y se sienta a escribir en esa mesa suya al otro lado del cuarto, y vive otros dos mil años más.

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