El beso de una musa

Esta es la historia de un viejo. Un viejo que conoció la luna. No era un astronauta, por supuesto, ni un cosmonauta, mucho menos. Pero la conoció.

Este relato transcurre en algún país de Europa, en el siglo XIX, cuando un veterano escritor, antiguo grande de las letras y ahora enfermo terminal de algún mal innombrable decidió dedicarle el más humilde, sencillo y hermoso homenaje a la musa de las musas. La luna.

Durante horas, estuvo admirando aquel brillo descomunal que brotaba como agua de la superficie de esta, transmitiendo así una paz maravillosa. Única.

Era éste un espectáculo tan bello que, a su parecer merecía la pena ser contado. Bien contado. Como en los viejos tiempos. Aquellos en los que gozaba de tanta fama y tantas riquezas, que se negaba al placer de embelesarse con éstas insignificancias de las que se enriquece la vida y la cotidianidad, pero que a la ciega vista de los ojos de la avaricia no son más que detalles insípidos y que no merecen el aprecio de un hombre con tal rango y de tal dignidad. Por más artista que este fuese.

Volviendo al viejo, éste tan solo acababa de abrir el cajón de un antiguo mueble que adornaba la cámara, cuando un mar de libros se le vino encima. Dramas, comedias, enciclopedias, revistas, Biblias y hasta un Corán formaron parte de la manada de libros que  emboscaron a este pobre miserable que apenas y consiguió escapar de la avalancha de volúmenes que mordaz y abruptamente le atacaron.

Recuperó el aliento en cuestión de minutos, y cuando se sintió nuevamente estable decidió rebuscar entre los destrozos de aquel calvario su preciado tesoro: Una pequeña botella de cristal casi vacía y que contenía lo que en su momento debió de ser tinta pero que ahora no era más que un líquido negro, grumoso y maloliente. La encontró. Estaba bajo algún libro de cocina y cerca de un gran libro de poemas medievales. La agarró y corrió al escritorio de la habitación, que quedaba al lado de la ventana. Al lado de su musa.

Tomó una pluma, la untó de aquel ungüento llamado tinta y comenzó a escribir sobre un papel de pergamino que había conservado en alguna repisa. Sus dedos se movían con destreza y habilidad sobre el papel, reviviendo la imagen de aquellos años de glorias literarias que ahora culminaría con un sencillo poema.

Su caray sus manos se bañaban en tinta con cada línea, con cada frase, con cada trazo que el viejo consiguiese inmortalizar como lo que sería la gran obra de un grande. De un romántico. De aquel virtuoso artista.

Tardó 10, 15, 20 minutos, para finalizar el poema. Pero supo que utilizó ese tiempo mejor que cualquier otro mortal  deseoso de un éxito propio.

Miró una vez más el papel, para luego apartar la mirada de éste y enfocarla en su musa. Los ojos del viejo estaban tan transparentes y cristalinos por las lágrimas retenidas que en ellos se podía apreciar la luna, reflejada casi como si estuviese frente a un espejo. A pesar  del intento, el poeta no soportó más y dejo correr una lágrima que se deslizó, fina por su mejilla hasta caer en el extremo de su barbilla lenta y melancólicamente. Esta lágrima representó algo si no tan, más importante y valioso que toda su carrera, pues fue una lágrima de orgullo.

El hombre, tímido como un chiquillo se acercó a la ventana y con papel en mano y la mejor entonación de la que fue capaz comenzó:

“Te he estado apreciando,

mi preciada musa,

eres tan hermosa,

casi una ilusión muy ilusa.

Eres tan brillante,

nuestro sol nocturno,

tú brillas de encanto,

mas eso no es orgullo.

¡Que mi alma descanse!,

admirándote mí musa,

que mi alma descanse

¡ay musa de musas!”

Calló y expectante levantó la cabeza al cielo cuando algo espectacular ocurrió. Es difícil de saber si fue éste un hecho real o una fantasía extraordinaria.

El poema, tan hermoso había sido, que la luna misma bajó del firmamento, asomó a la ventana del cuarto y lo besó. Aquel simple pero fastuoso acto de afecto lo hizo sentir como si flotase. Como si hubiese reemplazado a la luna y ahora fuese él quien levitaba entre las estrellas, pues ese estado de enamoramiento que ahora lo embriagaba y la emoción de una tarea bien concretada, lo hicieron sentirse tan feliz que no pudo evitar esbozar una sonrisa. Una sonrisa tan grande que se podían ver todos sus dientes blancos. Tan blancos como la luna. Pero a pesar de todo y por extraño que esto suene, el beso fue un beso frío. No frío por una falta de afecto (lo cual sería totalmente incoherente) sino frío físicamente, pues fue aquel beso, ese beso que da la muerte cuando decide recoger a alguien. Pero ante todo, fue un beso. El beso de una musa. El beso de su musa.

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