Un Dunkin’ Donuts bajo la lluvia

Caminaba por la calle 93, paraguas en una mano y tarjeta de bus en la otra, cuando vi un Dunkin’ Donuts. Estaba del otro lado de la calle, vacío, atractivo.

Pensé en ir a comerme una dona y pasar el rato -el bus que esperaba, al igual que cualquier otro bus en Bogotá tardaba aún muchísimo por llegar-. Además, un tiempo a solas nunca entra mal.

Sin embargo, también sabía que no valía mucho la pena: quizás el bus fuera más puntual, o la lluvia arreciara mientras yo estaba en el local -cosa que ya revisé, y no, aún no arrecia-. Además, me encontraba de camino a mi casa para almorzar, y llegar lleno de dona no sería la mejor alternativa.

Me quedé ahí, de pie al lado del paradero de buses, paraguas en una mano y tarjeta en la otra, mirando la tienda que había del otro lado. Qué hambre.

Hacía ya mucho tiempo que no iba a un Dunkin’, y lo poco que recordaba era el sabor de la capa de chocolate fina que cubría la superficie. Ese sabor dulce, pero no empalagoso, apenas para un día de lluvia. Pero… Agh, no puedo gastar mucho dinero, he estado ahorrando y una doña antes del almuerzo no sería más que un gasto.

Así que me quedé ahí, de pie al lado del paradero de buses, con el paraguas en una mano y la tarjeta en la otra, mirando la tienda que había del otro lado

“Me regalas una dona de chocolate con chispitas, por favor”. Mientras me comía la dona y veía cómo pasaban uno tras otro los buses que necesitaba me pregunté lo siguiente: “¿qué tiene que tener una marca para hacer que alguien cruce una calle, teniendo pendientes por hacer y bajo la lluvia?”. Una sensación.

Sí, puede que una marca te ofrezca precios bajos, credibilidad, calidad, etcétera. Y no digo que Dunkin’ Donuts no los tenga, claro que sí, pero la que en verdad hace que alguien atraviese una calle bajo la lluvia queriendo almorzar, es la sensación que le ofrece. No un sabor que clasifique como “de calidad” o un espacio “tranquilo” o “limpio”, sino un producto y un lugar de esos que no se pueden nombrar con adjetivos. De donas no de chocolate, pero de ese chocolate, de un lugar no tranquilo, sino así, una sensación de que aunque pierdas el bus, o siga lloviendo, o hayas tenido un mal día, todo va a estar bien.

Ahora, tengo un bus que tomar. Pero primero, ¿cómo es la promoción de 3 por 9.000?

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