Cría de cuervo

Tenía ocho años y andaba al lado de su padre, por un camino solitario hecho de piedras y lodo que atravesaba un bosque hasta llegar a su casa, del otro lado del valle. Cada paso del hombre eran tres del niño, que caminaba de prisa y con el sudor pegándole los cabellos a la frente. Miraba a su padre de vez en cuando, pero este no respondía. Tras unas buenas dos horas de caminata escucharon los graznidos de un cuervo y solo entonces se detuvieron, primero el hombre y enseguida el niño.

– Recuerda lo que siempre te he dicho –, le dijo al chiquillo su padre mientras se acuclillaba a su lado –: “cría cuervos y te sacarán los ojos”.

El niño lo miró atento, sus ojos azules, su barba castaña y sus grandes hombros. Admiraba a su padre y le obedecía ciegamente. Despertó.

Su habitación, un pequeño espacio hecho de madera y con una pequeña ventana que daba a un bosque, estaba completamente llena de un humo ceniciento, que lo cegaba y le irritaba la garganta. El pequeño saltó de su cama y llegó hasta la pesada puerta de roble que lo separaba del corredor principal de la cabaña. Salió dando trompicones y se encontró perdido, viendo de lado a lado sin distinguir nada más que humo y algunas llamaradas cuyo brillo notaba en el techo, como ebullendo de otras habitaciones. De pronto, una gran silueta emergió de las tinieblas y se abalanzó sobre el pequeño, empujándolo con velocidad contra la puerta de la casa, oculta por el humo.

El niño sintió cómo el aire inyectaba sus pulmones de vida y alcanzó a percibir el olor de los pinos a su alrededor, por debajo del fuerte aroma que la hoguera en la que se había convertido su hogar desprendía con crepitante ardor. Su padre yacía a su lado, recuperando el aliento y poniéndose de pie. Observó al pequeño y luego miró a su alrededor con afán, como buscando algo. Oyó decir a su padre con urgencia que iba a volver a la casa en busca de la madre y le ordenó que fuera a buscar ayuda al pueblo, antes de dar media vuelta y volverse a zambullir entre las olas grises que salían de la cabaña. El muchachito se quedó observando la construcción un tiempo, antes de acabar de asimilar las palabras de su padre, y entonces, tal también él se giró y comenzó a correr hacia el bosque, en la dirección que tantas veces había recorrido con su padre y que sabía dirigía hacia el pueblo. 

Pasada media hora, el chiquillo estaba completamente sumergido en el bosque, fijándose en los árboles que su padre le había enseñado a identificar para ubicarse. Corría tan concentrado que no vio una raíz que sobresalía de la tierra, como un gusano de un cuerpo podrido, y tropezó con ella de manera abrupta, precipitándose hacia el suelo. Se golpeó la cabeza y su vista se nubló un poco; el muchacho pensó que se iba a desmayar, y en el momento en que le pareció sentir cómo su cuerpo no tenía fuerzas para levantarse, un sonido lo sacó de su ensimismamiento. Un sonido que le era familiar a la vez que aterrador, y que había aprendido a reconocer después de tantos años de caminar con su viejo por el bosque: el graznido de un cuervo.

Lentamente fijó su mirada en las copas de los árboles, pasando su pupila con cuidado por entre las telarañas de ramas que se tejían en lo alto, hasta que lo encontró. Era un ejemplar pequeño, negro y de ojos como frutos de espinos oscuros. Lo observaba con interés, girando su cabeza cuarenta y cinco grados a cada lado mientras graznaba ocasionalmente. “Cría cuervos y te sacarán los ojos” repetía en su cabeza su padre, con esa voz gruesa de él y esos ojos azules que le había heredado. Lentamente se llevó la mano derecha a los ojos, y cerrándolos con fuerza bajo sus pequeños dedos. Con la mano libre se apoyó para levantarse. Creía tener una idea de cómo llegar al pueblo a ciegas, al fin y al cabo, había recorrido ese lugar cientos de veces y no podía arriesgarse ni a perder más tiempo, ni a perder sus ojos.

Anduvo varias horas por entre ramas y arbustos, guiado solo por su instinto y siguiendo con el tacto algunos árboles que le parecían familiares. Escuchaba solo el sonido de las hojas secas que se rompían bajo sus pies de niño, y el graznido ocasional de algún demonio que rondaba los pinos y los abetos a su alrededor, esperando para sacarle los ojos, pensaba el pequeño. Y así anduvo por horas y más horas, hasta que cayó la noche, pero el chico esto no lo sabía, pues para él la oscuridad había caído hacía ya rato. Tenía frío, y el pequeño camisón que llevaba puesto (el mismo con el que dormía) no parecía hacer nada por su temperatura. Tenía los pies y las manos sucias, llenas de tierra y de astillas, le dolían los pies descalzos y tenía un chichón que le palpitaba en el centro de la frente, pero si algo notaba por encima de todo esto, era un hambre inconmensurable.Cansado, comenzó a andar a tientas, intentando mitigar el dolor de los pies y encontrar algún insecto o raíz que comer, pero no encontró nada bajo su mano inexperta de recolector o cazador. Pasó varios minutos buscando, hasta que por pura coincidencia se topó con un arbusto del cual notó que colgaban un par de frutos pequeños como perlas y que le supieron a vida. Devoró racimos enteros de la fruta, y cuando ya no encontró más, continuó arrastrándose cerca del arbusto en busca de más oasis como aquel. No habían pasado diez minutos, cuando de pronto sintió un fuerte gruñido en su estómago, seguido de una contracción dolorosa y finalizado por unas arcadas imposibles de resistir, que terminaron por regar ríos de una bilis rojiza y llena de semillas verdes de la boca del pequeño y tiñiendo su camisón para dormir. Así fue su primera noche, que no sería la última.Las horas que antes habían transcurrido ágiles ahora se hacían largas, y más tarde que temprano terminaron por convertirse en días. El pequeño andaba ahora con un trozo de su ropa rodeando sus ojos y maldecía a viva voz cada vez que la idea de descubrirse los ojos cruzaba su mente, pero era interrumpida por un graznido lejano. Tuvo algo de suerte los primeros días, cuando encontró un par de cucarrones y de lombrices que pudo tragar sin vomitar, pero con el tiempo su fortuna se vio debilitada y ahora su estómago gruñía con desespero. 

El chico lo odiaba. Odiaba estar perdido en el bosque, odiaba tener hambre, odiaba sus cabellos sucios, su frío, sus heridas, su sueño, pero más que nada, odiaba saber que, si se descubría los ojos, se los iban a arrebatar unos cabrones esbirros negros. Llevaba ya tanto tiempo a oscuras que, pensándolo bien, ya ni le importaba perder la vista, pero su ira se exasperaba con el pensamiento de que los cuervos iban a saciar su hambre mientras él se conformaba con cucarrones y semillas venenosas. Entonces, se dio cuenta de lo que tenía que hacer. Lo entendió de golpe, como llegan las mejores, pero también las más terribles ideas a nuestras cabezas, y decidió que tenía que hacerlo, valiente, como su padre.

Se acercó a tientas hasta un roble cercano y se sentó apoyando la espalda contra la madera. Respiró despacio, dándose tiempo para recoger las fuerzas que le hacían falta y con seguridad, se llevó las manos al rostro y retiró el trozo de tela que cubría sus párpados. Acercó las manos a los ojos, las uñas largas y sucias apuntando cada una a un párpado, presionando con delicadeza. No estaba seguro de si sería capaz y sabía que el dolor sería insoportable. Pensó en todo lo que se perdería si hacía lo que pensaba hacer, y recordó los hermosos ojos de su padre, aquellos que él sabía se ocultaban tras sus párpados cerrados. Desistió. Su estómago gruñía y no tenía fuerzas para moverse mucho más, pero justo cuando se comenzaba a poner de pie, escuchó el graznido de un cuervo que estaba muy cerca, casi que dentro de su cabeza, juró el muchacho. Entonces, sintió cómo se tensaron sus músculos, cómo chirriaron sus dientes y cómo el frenesí se apoderó de sus manos, y de golpe, mientras gritaba una maldición contra las gárgolas aladas de las que hablaba su padre, blandió los diez puñales que decoraban las puntas de sus dedos contra los ojos que alcanzó a abrir una última vez, y que atravesó como se atraviesan los cascos de las mandarinas, salpicando en todas direcciones una sangre cuyo color nunca llegaría a ver.

***

Estaba acabando de limpiar sus anteojos cuando sonó la puerta. Los guardó junto a su Biblia, sobre la mesa de noche de su habitación y solo entonces abrió la puerta. Lo próximo que recordaría el hombre sería estar caminando por la empedrada callejuela principal del pueblo, rodeado de personas que lloraban y le pedían su ayuda, mientras que él se preguntaba qué sería aquello tan grave que habría sucedido para que todos en el pueblo hubieran acudido a él, el cura del lugar, antes que al alcalde.

La noche era oscura para ser tan joven, por lo que el primer indicativo de que había llegado al lugar al que lo guiaban sus seguidores fue la gran conglomeración de velas que rodeaban una silueta. El segundo indicativo era aquel cuerpo que yacía de rodillas, con los pies llenos de llagas y las manos rancias y con uñas amarillentas. Quién eres tú, le preguntó el cura a aquel ser, pero este solo se resignaba a balancearse de lado a lado, murmurando algo que los demás no alcanzaban a oír. Que quién eres tú, repitió el cura más fuerte, mientras se acercaba a la criatura que ahora parecía tener más bien la forma de un niño pequeño y cuyo rostro miraba al suelo mientras balbuceaba y soltaba un fino hilo de saliva apestosa. El religioso se detuvo a pocos centímetros de aquel demonio y le repitió que quién era él, pero al no obtener respuesta alguna tomó con su mano izquierda el cabello seco y enmarañado del monstruo aquel y lo haló de tal forma que le pudiera ver el rostro. Acercó la vela que llevaba en la mano derecha, pero una vez vio la cara de su interlocutor, no pudo sino dejar caer la vela y soltar un grito del pavor más puro que se puede experimentar: el niño (porque una cara de ese tamaño solo podía ser de un infante) tenía los labios partidos, los cachetes y la frente atiborradas de garrapatas negras, y en el centro de su cara había dos grandes cuencas vacías y coloreadas de un negro purpúreo de carne muerta, de la cual salían gusanos y larvas que volvían a entrar en la piel como raíces en el suelo de un bosque. Por fin el muchacho pudo gesticular unas pocas palabras, aunque nadie lo escuchó, pues los pueblerinos ahora intentaban apagar las llamas que habían saltado de la vela en todas direcciones, comenzando a trepar por la hierba y por los tablones de las casas cercanas. Solo un niño, que dormía en una de esas cabañas, escuchó a través de la madera y de los gritos de la multitud los murmullos de ese ser podrido, que decía con su boca llena de hongos y sangre seca: “cría cuervos y te sacarán los ojos”.

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