Hoy no me gana la discordia o la desdicha. Hoy me voy a la cama como un prístino escritor peruano, bien cepillado, peinado y empijamado. Me voy a la cama en silencio, sin torbellinos en la cabeza ni arrugas en la frente o en la memoria. Me voy en silencio, como siguiendo el camino empedrado de alguna propiedad rural y matutina. Hoy no me ganan los pensamientos engorrosos ni traicioneros, ni el desvelo ni el auto sabotaje. La duda y la debilidad ya tocaron a la puerta, y mi lado auto destructivo disfrazado de auto conocimiento ya lo ha intentado también. Pero no, hoy no.
Es este quizás un testimonio de mi pie de lucha, de la cara que abofeteada se planta una vez más a su cabeza, osada, resistente, optimista. Es una declaración de coraje y de valor – ¿o quizás sea una excusa para el desvelo? – y mi deseo de dar la espalda a las turbulencias de mi sueño, a mis ansiedades, a mis rumores y a mis pesares. Me iré a la cama prístino, en silencio, como un taxi tarde en la noche, manejando sin rumbo pero tranquilo bajo las luces de una ciudad que intenta, sin éxito en ocasiones, dormitar y solo sentirse fría y de ladrillo.