Un relato aburrido y crudo del mundo de hoy en día

Era un lunes a las siete de la mañana. El hombre estaba en el baño, acababa de bañarse y ahora se miraba al espejo con ojos ajenos:
– Se me ve mal la barba – se dijo en un susurro, mientras pensaba en lo que le dirían sus compañeros de trabajo al verle con aquella barba suya que nunca había podido salir frondoza y pareja como la querían. 

Se puso torpemente – aún estaba adormilado – la crema para afeitar sobre los vellos rizados y la piel reseca, tomó su cuchilla para afeitar y la comenzó a pasar lentamente por debajo de su nariz y hasta el borde superior de sus labios, escuchando dentro de su cabeza cómo la cuchilla cortaba cada pelo como individualmente. 

El filo se movía con seguridad de lado a lado, aunque se confundía en las comisuras de la boca, ya que ahí es difícil cortar los pelitos más pequeños. No obstante, se tomó su tiempo en hacerlo, pues desde que en una fiesta hacía varias semanas una chica que no conocía y cuya opinión sabía que no debía importarle le dijo que lucía como Cantinflas con los extremos del bigote mal afeitados, se tomó personal eso de limpiar muy bien las comisuras de la boca, y también eso de beber hasta no escuchar casi lo que le dijeran los desconocidos en las rumbas, con el fin de evitarse improperios como aquel. Entonces, mientras recordaba aquel fatídico incidente, hizo una de aquellas estupideces que a veces nos ocurren, producto de ser una evolución muy avanzada del simio pero muy involucionada del humano, y se relamió los labios mientras que la cuchilla pasaba por sus bordes.

Solo se dio cuenta de lo que había sucedido un minuto después, cuando por fin salió de su ensimismamiento y notó que su boca rebosaba de un líquido rojo oscuro y que un trocito de lengua sobresalía entre dos fierros de la cuchilla. 

– Miedda – balbuceó escupiendo sangre en el espejo del baño, y se giró de inmediato hacia una repisa que había en el baño. La revisó, pero a pesar de tener curas, desinfectante, papel higiénico, toallas, Isodine, jabones antibacteriales, analgésicos y antibióticos, no encontró lo que buscaba. 

Se colocó unos jeans claros y una camisa azul clara que acababa de lavar, se echó colonia y salió disparado hacia el garaje de su casa, ahí arrancó su vehículo Ford Mustang rojo con Launch Control y suspensión trasera independiente, avanzó media cuadra y se bajó en una pequeña farmacia que olía a esmalte.
– Buenos días, ¿en qué puedo servirle? – preguntó la viejita que se encontraba en la caja.

– Cushida – parecía decir el hombre, y la mujer nunca entendió que lo que pedía era una cuchilla de afeitar, pero al ver aquella afeitada dispareja y sin acabar asumió que eso era lo que pedía.

Serán siete mil pesos. – dijo la viejita.

El hombre pagó veinte mil – no iba a pagar menos por una cuchilla que usara él – y tras volverse a subir a su Ford Mustang rojo con Launch Control y suspensión trasera independiente y manejar media cuadra de vuelta a la casa, se quitó la ropa, la botó en el cesto de ropa sucia y sacó la nueva cuchilla para continuar con su afeitada, ya que la anterior se había echado a perder con aquel incidente desagradable del desgarramiento de la punta de su lengua. No obstante, no habían pasado ni treinta segundos cuando el hombre descubrió que tenía algunos pelos no muy complacientes a la vista brotándole del cuello, y cuando bajó la mano y la deslizó con precisión sobre la manzana de Adán de su cuello, hizo algo de presión de más y terminó por desgarrarla lo suficiente como para que comenzara a salirle un chorro elegante y pegado a la piel de sangre.

El hombre, desesperado, tuvo que cambiarse de outfit una vez más – ahora usando prendas más oscuras para que no se le notara que sangraba como un humano – y se tuvo que volver a lavar el rojo seco de las manos y de entre las uñas.

Llegó tarde al trabajo, y al presentarse con un buzo y sin corbata sin haber enviado un permiso previo, lo echaron. Mientras esperaba en el paradero de autobuses algún vehículo que lo llevara de vuelta a su hogar, se dio cuenta de que llevaba largo rato muriéndose. 

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