“Una tarde de perros

El último libro del Nuevo Testamento en la Biblia se llama Apocalipsis. Nunca lo he leído, pero estoy seguro de que si la historia que estoy a punto de narrar hubiese tomado lugar hace dos mil años, habría sido un gran sustituto para dicho libro.

Eran las cinco de la tarde. Solo había dos personas en el apartamento: mi hermana y yo. También estaba Blacky, mi Bulldog francés, pero no sabíamos muy bien en dónde estaba.

Veía cómo un ejército de soldados chinos se abalanzaba sobre una pequeña civilización nórdica en la pantalla de mi laptop mientras que con agilidad intentaba reunir una legión de vikingos que pudiera dar frente a los invasores. La verdad es que nunca he sido muy bueno jugando Age of Empires. Estaba ocupado con esta difícil tarea militar, cuando escuché la voz de mi hermana que me llamaba desde el pasillo:

-Simón, ¿puedes llamar al perro? – preguntó – creo que se subió a la cama de mis papás.

-¡Blacky! – llamé, y acto seguido escuché las patas del animal aterrizando pesadas sobre la madera del piso. – ¡Listo! – grité de vuelta.

Pasaron un par de horas, y mi atención ya no estaba en un juego de conquistas casi imposible… o bueno, quizás sí. Me encontraba dando vueltas en mi cuarto, pensando en cómo invitar a salir a Luisa, una muchacha que había conocido hacía unos meses y a quien quería llevar a una cita. No sabía si lo mejor era escribirle un chiste y hacer como si esta salida no fuera algo muy serio, o si por el contrario, ser un poco más formal, lo cual quizás me haría más atractivo o algo así. Alisté mi celular para escribirle, pero justo en ese momento escuché el sonido de la puerta del apartamento abriéndose. Mi mamá acababa de llegar.

Antes de seguir, necesitarán algo de contexto: el apartamento en el que vivo tiene dos pisos, y tanto mi cuarto como el de mis padres están en el piso de arriba, conectados por un pasillo corto. Ahí estaba mi hermana, sentada en un pequeño butaco y utilizando su computador – seguramente en algo mucho más productivo que yo – cuando sonó la puerta. De inmediato, se levantó y bajó para saludar a mamá. Yo iba a hacer lo mismo, pero recordé que mi mamá odia a Blacky, y pensé que lo mejor sería limpiar su cama de los pelos del perro que pudieran haber quedado ahí. Al fin y al cabo soy un buen hijo.

Me dirigí a la habitación, encendí la luz y me topé de frente con una gran plasta anaranjada de vómito que cubría una buena porción del cubrelecho de mis padres. Y esto era solo el principio.

De inmediato tomé mi celular y le escribí a mi hermana el siguiente mensaje: “Herma, apúrate, el perro se vomitó en la cama de mis papás”. Mas sin embargo, noté que mi hermana había olvidado su celular en la butaca en la que había estado sentada. Ella seguía hablando con mi mamá, por lo que decidí bajarle el celular para que se enterara de lo que pasaba sin generar ninguna sospecha.

Tras saludar a mi madre, le entregué el celular a mi hermana, quien simplemente lo guardó en su bolsillo. Le pedí con amabilidad que revisara lo que le había escrito, pero me mostró su celular, y no había recibido ningún mensaje mío. “No puede ser”, pensé mientras desbloqueaba mi celular. Le había escrito a Luisa.

Intenté eliminar el mensaje, pero antes de conseguirlo, apareció la señal de “Escribiendo…” debajo de su nombre, lo que significaba que ya lo había leído. No había vuelta atrás. Bloqueé mi celular. Iba a necesitar tiempo para arreglar la situación con ella, y tiempo era de lo que menos disponía. Detuve a mi mamá antes de que comenzara a subir las escaleras, y la convencí de que necesitaba su ayuda para hacer una tarea urgentísima, no sin antes haber escrito en las notas del celular de mi hermana el mismo mensaje que le había mandado a Luisa.

Una vez mi hermana acabó de leer, se dirigió a la cocina, se armó de servilletas y bolsas plásticas y subió con sigilo, mientras que mi madre y yo recortábamos los bordes de mis últimas diez evaluaciones de aritmética.

Pasados diez minutos, bajó mi hermana, pálida y nerviosa. Me miró a mi y luego a mi mamá, quien a su vez nos miró a los dos. Yo ya podía oler la traición, que me dolería más que ver a la pobre aldea vikinga arder hacía tres horas. Y mi madre, bueno, ella olía el miedo.

-El perro se vomitó arriba – comenzó mi hermana – ya recogimos lo más que pudimos, pero quedó una mancha que no se puede quitar. – acto seguido, se dio la vuelta y subió las escaleras.

Tres, dos uno, impacto.

-¡Ya sabía yo… – gritó mi madre – que todo esto de la tarea era mentira! claro, una se va y ustedes dejan que el perro haga lo que quiera: que se vomite, que se cague, ¡de todo! – dijo mientras recogía su bolso.

Yo ni siquiera me tomé la molestia de responder, tan solo corrí por las escaleras hasta llegar al pasillo, y luego a la habitación del desastre. Tenía que comprobarlo. Entré al cuarto y vi que mi hermana no mentía. Una gran mancha oscura cubría buena parte del cubrelecho. Solo nos detuvimos a mirarla, resignados ya, mientras escuchábamos a mi mamá, que nos decía desde las escaleras “más les vale que no haya sido en mi cama” .

Una vez entró al cuarto y vio lo ocurrido, nos atacó con otro sermón, que dijo iracunda mientras tomaba el cubrelecho y nos lo arrojaba, junto con todos los cojines de la cama. Nos dijo que teníamos que lavarlos, que estábamos castigados y luego nos dejó de hablar, al menos por un par de horas.

Una vez todo se hubo calmado, le pude volver a escribir a Luisa, quien de hecho se tomó todo con gracia. No obstante, tuve que dejar la invitación a salir para otro día, ya que esta ocasión estaba arruinada. Aunque viéndolo en perspectiva, esta era la mejor oportunidad para hacerlo, ya que al fin y al cabo no hay nada que perder tras una tarde de perros.

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